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Cuento de Borracho



CUENTO DE BORRACHO

            Tenía varios días en trabajo y bebida, aunque nunca fue religioso, no soportaba los constantes llamados del sacerdote a que dejara la bebida; y se decía: “el padre quiere que deje de beber y es el primero que se tira un trago en plena misa, eso le abre el apetito a uno, que no necesita mucho estimulo.”

            Por complacer a su madre, mujer muy religiosa y comprometida con el proceso de evangelización, se decide ir el domingo a la misa del pueblo, viaje que aprovecharía para recortarse el pelo.

            Muy temprano se levanta, se puso su traje de gala, todo blanco, se echo en el bolsillo todo lo que tenia: un Peso, y convencido que no tomaría ese día, porque 5 centavos serian para la ofrenda y 20 para las quinielas, y los restantes para su compadre Gregorio, el barbero. Con esa proyección económica se fue temprano al pueblo: sobrio, elegante y cristiano.

            Cuando en misa vio al padre beber del vino, un nudo seco le recorrió el esófago y como una piedra cayó en su estómago, se remojó los labios y un brillo de placer relució en sus ojos.    

            Terminada la misa, va a la “esquina de los billeteros” y pide 10 centavos del 05 y 10 del 54, de ahí sigue rumbo al barbero, convencido que hoy tendrá dinero para tomar, pues su sueño con el compadre Chicho, no falla. Mientras

caminaba iba rememorizando los detalles de su sueño. Había soñado que: el maíz que había sembrado en esa semana, en el cual le ayudó su compadre Chicho, había nacido todo, pero que en lugar de mazorcas lo que tenia era yuca, que sus raíces se habían convertido en largos, gruesos agradables troncos de yuca, de las cuales extraían y extraían, y parecía que no se terminaba”, cuando despertó en la madrugada había estado analizando el sueño, de la misma manera que ahora lo hacia, y lo que daba era el 05 y el 54, porque su compadre jugaba el 05 y el terminar de su cedula es 54, y como su compadre estaba en el sueño, ayudando, no cabía duda. Así iba cavilando en su interior cuando la voz fresca de una mujer lo trajo a la realidad.

¡aja! Elpidio así pasa calladito.

Excúseme Heiminia; pero es que iba aquí analizando el sueño con mi compadre Chicho.

Pero entre. Rosita prepárale un café al Elpidio.

Si mamá. ¡Hola Elpidio!

Herminia es una señora, viuda hace diez años, su esposo murió en un accidente en la factoría, la dejó con dos hijos: Rosita de 6 años y Juancito de 2. Con el dinero de la muerte, instaló un negocito, y ahí se gana el sustento, mientras acompaña a sus amigos a tomarse un trago. Siempre alegre, divertida, 39 años y un cuerpo entero, ha sido la codicia de los que siempre la visitan, entre los que esta Elpidio. Ese día inconscientemente, trato de pasar desapercibido; primero porque no tenia dinero suficiente para el (os) trago (s), y segundo porque su esposa sabia que él le tiraba cascaritas a Herminia, quien no dejaba escapar la oportunidad de que dejara en sus manos los chelitos que llevara, y él siempre tan dadivoso, no había antojo de Rosita que no comprara, así como el brindis a los niños (as) que iban al negocio, el cual hacia con un:

-     Cojan lo que quieran, que yo pago.

Ese domingo entró al negocio con poco ánimo, sabía que los 75 centavos que tenía eran del barbero y no podía comprometerlos.

Esperaba el café, el cual por ninguna cosa del mundo dejaría.

-     Usted si esta pensativo, ¿Qué le pasa? –Preguntó, coqueta-mente Herminia.

-     No, na’. Todavía soñando, Ja, Ja, Ja,.

-     No quiere una copita para levantar los párpados. –ella sabia por costumbre, que con un simple sorbito era suficiente para que dejara todo lo que tenia.

-     No. Gracias, es que anoche me tiré unos potes con los muchachos en ei campo y hoy me siento resacado. –

No era él que decía esas palabras, el paladar le gritaba y las neuronas crepitaban en su cabeza. Los ojos brillaban y sus labios resecos, por el alcohol de la noche anterior, se apretaban uno con otro, para evitar decir si.

-     ¡aah!, no importa, recuerde que un trago saca otro trago, además éste se lo brindo yo. ¿estamos?.

-     ‘ta bien, pero sólo uno.

Herminia saco del congelador una botella de ron con la etiqueta desprendida por efecto de la humedad, puso dos vasos en el mostrador y lentamente fue vertiendo el blanco liquido en los vasos. Elpidio no pudo evitar el pasarse la punta de la lengua por los labios. Herminia tomó los dos vasos, pasó uno a Elpidio y ella quedó con el otro:

-     Por tu salud, Elpidio.

-     Poique siempre te mantenga elegante, Heiminia. –y un clic

del choque de los vasos, inicio la ceremonia, y sorbió a punta de labios la mitad del líquido, en otras circunstancias, lo hubiera dejado vacío, pero esta vez no debía apurar el contenido.

            Saboreó, el ron, un instante en la boca, como una preparación al organismo, luego con un movimiento natural, lo dejó bajar por la laringe hacia el esófago, mientras sentía un ardor, como si un gato barcino le fuera arañando las entrañas, al caer en el estomago, un calor le recorrió todo el cuerpo y una débil lágrima se perdió en el interior de su ojo izquierdo, que le iluminó la pupila. En ese instante se acercaba Rosita con la tasa de café:

-     Tenga Elpidio, y cuidado que esta caliente

Lentamente fue sorbiendo, un poco de ron y un poco de café, cuando estaba terminando, éste ultimo, una vocecita le decía: tu eres un hombre, no puedes tomarte una copa y luego irte como si nada; pero su pensamiento le decía: ese dinero es para recortarte y como hombre enamorado no puede coger fallo, o de lo contrario, que dirá de ti Herminia

Se levanto de la silla, se paró en la puerta, pasó su mano izquierda por la cara, mientras la derecha jugaba con los 75 centavos en el bolsillo. En la boca un sabor a agua de coco le retozaba y le invitaba a otro trago. Se miro los zapatos, con un poco de polvo, y de repente se dijo: “Que cara’ el que pela por 75, pela por 65, además, ahorita tengo cuarto con el premio”. Dio media vuelta y se encontró con Herminia frente a frente que no entendía que pasaba.

-     Heiminia, sírvete dos vasos más poi mi, --le pasó10 centavos para los tragos.

Ella procedió al ceremonial de servir, de la misma botella que tenia en el congelador, resto de algún borracho la noche anterior.

            Elpidio no espero a que ella lo pasara, lo tomó en su mano y bebió suavemente, mientras miraba con tiernos ojos, los grandes ojos negros de Herminia, quien con el vaso en los labios invitaba a un beso eterno. No pudo contener esa invitación y como una forma de responder, se llevó el vaso a los labios y por un momento soñó que la besaba apasionadamente, cerro tiernamente los ojos y sintió que una agradable sensación le recorría todo el cuerpo. Estos eran los efectos del alcohol al ir distribuyéndose por las venas. Esto no duró dos segundos.

            A poco rato el cuadro era el mismo. Los vasos vacíos y la incertidumbre de sí lo mando a llenar. Esta vez fue Herminia, quien entre risa y alegría frenética sacó la botella, llenó los vasos y dijo:

¡Ah! Elpidio… toma, que esta va por mi

Y tomaron a ligeros sorbos el contenido; mientras charlaban animadamente, y Herminia despachaba a los clientes. Pero Elpidio seguía pensando en sus cabellos: “ahora si, ¿Qué hago? No me voy a ir como un cobarde, hoy que parece que la viuda esta por algo; pero no tengo dinero, ¡ah! Que importa, el que pela por 65 pela por 55”

-     Llénalo otra vez, que esta va poi mí.

Se la tomó de un sorbo. El caliente del liquido le rasgó el interior, sintió nausea controlada, y dos lagrimas humedecieron sus ojos, que brillaban como gato en la oscuridad.

-     ¿Qué pasa, Elpidio?

-     No. No, na’. ‘taba fuelte, ei traguito.

Ya estaba decidido a todo. Y solo se dijo: “El que pela por 55, pela por 45”, y fue la última comparación que hizo.

-     Llénalo otra ve’ y no te priocupe, yo soy Eipidio Cuba y como yo no hay dos.

-     Eso es verdad, pero te sirvo a ti, mi vaso está igualito.

-     No impoita, bebamo’ hoy, que mañana no se sabe.

Aprovechando un momento en que no había clientes, Elpidio le expreso con palabras, lo que hace tiempo los ojos venían expresando.

-     Oyes, Minia, eees, tu, tu sabes’ queee, hace tiempo, hace tiempo queee, yos..

-     Pero Elpidio dime y deja de gaguear.

-     Es’ que no e’ faci’. ‘ta bien. Hace tiempos, que yos te vengo observandos, y te querías decir, su sabes, tu y yo, deberíamos sei algo más que amigos’. Tu me gustas, y esto no lo digo poi las copas, sino que es aigos que llevo dentros, y lo más grandes que Dios puede haceis, conmigos es amanecei una noche contigos. Yo ses que tu lo sabes, poique las mujeres adivinan to,s, pero siempre les gusta que les digan la veida.

-     Pero Elpidio y eso, si nosotros somos amigos.

-     Nada, la veida debe seis dicha, eres la mujei más lindas de este pueblo. Esos grande’ sojos que tienes son el faroi que ilumina mis noches de insomnios. Son las llamas que enciende mis existencia y eses cueipo tuyo hechos para moidear. Tu cintura es la figuras de una guitarra valencianas, cada detalles, cada paites de tis, misma fue hecha pa’ la ilusión divinas. Y yo, estes pobre infeliz, que solos sabe aimiraites, soy tus más fiei esclavo, y en este momentos me postros a tus pies y te pidos que me de la opoitunidad de sei feliz una vez en la vida.

Estas palabras iban saliendo con una fluidez asombrosa. Coordinaba las ideas y las exteriorizabas con maestría, aunque con frecuente seseo, notorio y que llamaba mucho la atención de Herminia, Mujer que, aunque no, con una gran formación escolar, pero si, con una dicción muy correcta.

Herminia fue a abrir la boca, para dar respuesta a Elpidio, quien la miraba, embelesado, pero en ese preciso momento Rosita se acerca y dice:

-     Elpidio, venga a comer algo.

-     No te priocupes, mi angelitos de la guaidas, tengos que di donde mis compadres Gregrorios a recoltaimes.

-     Pero coma aunque sea un poco.

-     No. No, no. Gracias, muchas gracias

Eran casi las dos de la tarde y Elpidio no veía la oportunidad para decirle a Herminia que se perdieron por ahí. La frecuente presencia de Rosita le impedía la proposición.

Después de un último trago. Los últimos diez centavos. Se levantó, tembloroso, y tambaleándose, y dijo:

-     Heiminia queridas, me, me voys, pe-pero, vueivo. Vo-voy donde mi com-compadrito y vuei- vueivo ahorita.

-     Si Elpidio, vete con cuidado y luego seguimos hablando.

Y lentamente Elpidio sale del negocio, apoyándose en la puerta, ya afuera llama a su perro:

-     Son, son, León, ven va-vamos, al-al baibero.—y debajo de la silla sale su inseparable amigo, conocedor de sus andanzas, compañero de sus vicisitudes.

-     Do-doblemos po- por aquí, pa- pa’ llegai pronto.

Entraron por un ligero montecito, mientras pensaba: “Gregorio es mi compadre, como compadre y amigo me puede recortar fiao, se acabo todo el dinero y tengo que pelarme o mi mujer me mata” y siguió por el caminito a la sombra de los árboles, analizando que con el dinero de la lotería, volvería donde Herminia, hoy seria su día. De pronto un palo atravesado se le cruza en los pies, se va de bruce, echa dos maldiciones, y como si nada, cruza los brazos bajo su cabeza y se duerme.

A eso de 15 minutos, su perro se le acerca, y le lame la cara, Elpidio semi inconsciente dice:

-     Com- padre, compadre con, con cuidado, que-que si me coita la- la cara no- no le pago. –y ahí volvió a seguir su sueño, mientras el amigo fiel se recostaba a su lado. Seguro de que aun estaba vivo.