MI ESPACIO
AQUI SE QUEDAN LAS IDEAS

EL ARTE DE SER FELIZ

EL ARTE DE SER FELIZ
 
HAMLET HERMANN

Definir la felicidad es algo muy difícil. Ni siquiera un plebiscito universal podría establecerlo. Cada uno de nosotros tiene un concepto diferente sobre ese tema. Felicidad es para algunos pasarse el día entero sin trabajar. Otros son dichosos cuando se la pasan trabajando siempre. Para algunos la suerte es estar en la cúspide de la popularidad mientras para otros es que su existencia sea notada y alguien los tome en cuenta. Todo depende del carácter y la personalidad de cada individuo.

De ahí lo relativo de la dicha cuyo secreto es como aquel de que sólo existe un niño bello y cada madre lo tiene. Puede que lo que nos pudo hacer verdaderamente feliz lo hayamos tenido largo tiempo junto a nosotros, pero no fuimos capaces de identificarlo. En vano buscamos tan lejos que no acertábamos a percibir que estaba al lado nuestro.

Decía el barón de Montesquieu que si el ser humano pudiera estar conforme con algo, ser feliz sería facilísimo. Nuestro problema reside en que nos ha dado por luchar para tener más satisfacciones que los demás que nos rodean. Y eso es irrealizable. Resulta imposible porque cada uno de nosotros entra en competencia al considerar que los demás son mucho más felices de lo que son en realidad. Creemos que la sombra del árbol del vecino es más fresca que la del muestro aunque no sea cierto. De ahí que vivamos en constante inconformidad o bajo la constante envidia por lo que tienen otros. Todo esto porque no somos capaces de entender el mundo y su realidad.

Montesquieu aparte, es probable que el secreto de la felicidad no esté en hacer siempre lo que se quiere o se desea, sino sentirse a gusto con todo lo que se hace. El truco reside en disfrutarlo en cada momento aunque no sea lo que se quisiera hacer. Para algunos, el papel de burócrata es inaceptable y torturante mientras otros pueden pasarse la vida sentados frente a un escritorio haciendo nada útil. La verdadera dicha reside en comprender que no vivimos solos en este mundo sino que tenemos que compartirlo con miles de millones de desconocidos que no saben siquiera que existimos.

Para ser dichoso sólo hay que ponerse de acuerdo con uno mismo. Felicidad no es otra cosa que la relación que existe entre lo que deseamos y lo que logramos obtener. Si somos de aquellos que lo queremos todo nunca seremos felices. Si pensamos que el país entero debe admirarnos y rendirse a nuestros pies, estaremos siempre inconformes. Una persona no puede, aunque quisiera, acumular las riquezas y los dones que le corresponden a miles de millones de personas. De ahí que la ambición sea la principal enemiga de la dicha. Debíamos aprender de aquellos que se conforman con poco. A esos no les toma mucho esfuerzo ser felices. Por eso es que las personas de escasos ingresos tienen un acceso más fácil a la risa y la alegría aunque pensemos que son infelices. Por el contrario, los que poseen abundantes bienes materiales viven en constante competencia con otros acaudalados que los rodean hasta el punto de que unos y otros se desgastan irremisiblemente.

Si entendiéramos lo que es la felicidad sólo tendríamos que disminuir un poco nuestras ambiciones y aumentar en algo nuestros logros. Y si nos mortificara pensar en algún momento que el éxito se nos aleja, comprendamos que el éxito es un estado mental, no un lugar hacia el cual podemos ir en taxi o a pies. Tampoco es algo material que podríamos comprar en un centro comercial o en un mercado. Afortunadamente, tanto el éxito como la felicidad son apenas valoraciones sobre nosotros mismos. La única manera inteligente de sobrevivir felizmente en este “mondo cane” es vivir en buena compañía y reconocer los méritos ajenos al tiempo que se ignoran los propios. Debíamos disfrutar de cualquier cosa que nos llegue sin mortificarnos por no obtener lo que creemos merecer y no se nos concede. Comprendiendo, además, que no es verdad que los demás sean más felices que nosotros sino que ese es un estado de ánimo que sólo lo decide el carácter de la persona. La sombra del árbol de vecino puede ser fresca, pero nunca como la nuestra si creemos firmemente en que la propia es mejor.
Subido 22/10/2008